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Ceuta mueve el suelo bajo los pies de la extrema derecha
dimecres 5 d’agost de 2026, per
Editorial
Llegaron convencidos de que los recibirían como salvadores.
Habían visto las imágenes: la valla desbordada, el espigón del Tarajal, decenas de miles de personas cruzando en cuarenta y ocho horas, una ciudad de ochenta y cuatro mil habitantes al límite. Las cifras oficiales todavía bailan —Interior estimó inicialmente unas 50.000 entradas y el ministro Grande-Marlaska las elevó después a cerca de 72.000, con unos mil menores y al menos 77 personas muertas, la mayoría ahogadas—, pero el diagnóstico político era unánime en los grupos de Telegram: río revuelto, ganancia de agitadores.
Salieron escoltados por la Policía Nacional.
Alvise Pérez, líder de Se Acabó la Fiesta y eurodiputado, tuvo que ser evacuado de la plaza de los Reyes en un furgón policial. Su marcha se recibió con aplausos y gritos de euforia. Vito Quiles, que volvió al día siguiente, acabó su concentración partida en dos, con una parte de los asistentes pidiéndole a gritos que se fuera; una joven resumió el episodio ante Europa Press diciendo que había venido a provocar y a dividir, y que lo había conseguido. La veintena de miembros de Núcleo Nacional —grupo calificado de neonazi por diversos medios—, que había anunciado que iba a «reconquistar Ceuta» y que amenazó a periodistas por grabarles, nunca llegó a celebrar su manifestación: no aparecieron en el punto convocado. Terminaron caminando hacia el puerto, custodiados por la misma policía a la que dicen venerar, entre gritos de «¡Fuera!» y «Esto es Ceuta, no Torre Pacheco».
Conviene detenerse aquí, porque el detalle es más elocuente que cualquier análisis: el grupo que iba a reconquistar una ciudad española no consiguió llegar andando desde el puerto hasta la plaza.
Quién les echó
Esta es la parte que la ultraderecha no ha sabido explicar en cuatro días y que probablemente no sepa explicar nunca.
No les echó un cordón sanitario institucional. No les echó una consigna de partido, ni una manifestación convocada desde Madrid, ni un dispositivo antifascista traído de fuera. Les echaron los vecinos de Ceuta. Muchos de ellos, de origen marroquí. Y lo hicieron con la bandera de España en la mano, coreando «Ceuta unida, jamás será vencida», «es nuestra ciudad también» y «yo soy español».
Piénsese en lo que eso significa para un movimiento cuyo capital simbólico entero consiste en la propiedad exclusiva de la rojigualda. Fueron a Ceuta a explicar a los ceutíes quién es español y quién no, y volvieron con la respuesta puesta. La bandera que llevaban como amenaza les fue devuelta como argumento. Es la primera vez en años que la extrema derecha española pierde ese símbolo en la calle, y lo pierde en el lugar donde tenía todas las condiciones a favor: una frontera desbordada, una ciudad agotada, un país entero mirando.
La formación autonomista Ceuta Ya! reprochó al Gobierno local y al resto de partidos su silencio ante la llegada de esos grupos, y sostuvo que lo que buscaban era convertir aquello en otro Torre Pacheco. No lo consiguieron. Y no lo consiguieron sin que ninguna autoridad lo impidiera.
Primera contradicción: necesitaban una catástrofe
Santiago Abascal llamó a echar a los migrantes «con los medios que sea» y afirmó que cada puñalada y cada violación futuras las habría importado Pedro Sánchez. La portavoz de Agenda España de Vox, Isabel Pérez Moñino, habló de «hordas» y de «hombres en edad militar», anunció que llegaría el momento de las deportaciones masivas y sostuvo que el Gobierno alojaba a los recién llegados en hoteles de cinco estrellas. No aportó una sola prueba de esto último.
Mientras se pronunciaban esas frases, Interior contabilizaba 37.500 retornos voluntarios a Marruecos —en torno al 75% de las entradas estimadas en ese momento—, gestionados en coordinación con Rabat. Sanidad cifraba en 1.622 las atenciones prestadas y descartaba el colapso del sistema sanitario. La ciudad no ardió. No hubo el baño de sangre anunciado. El «cazarlos uno por uno» se estrelló contra la realidad más aburrida posible: una crisis enorme gestionada con autobuses, ambulancias y burocracia.
Y luego está el vídeo. Un niño marroquí de doce años, solo, llorando y suplicando a los militares que no lo devuelvan mientras es conducido hacia la frontera. Una mujer que le pone la mano en la espalda. La devolución se frenó a pocos metros del paso fronterizo, cuando un teniente coronel intervino, y el menor quedó bajo tutela de la Guardia Civil.
No lo contemos como una estampa edificante, porque no lo es: lo que se ve es un crío aterrorizado camino de una frontera, y la ley española es inequívoca sobre los menores no acompañados. Contémoslo por lo que de verdad ocurrió. Lo que detuvo aquello fue que unos vecinos alertaron de que era menor y exigieron que se cumpliera la ley. Otra vez los vecinos. En una ciudad presuntamente arrasada por el odio, la línea la trazaron los de siempre: los que viven allí.
Segunda contradicción: el patriotismo como franquicia
Aquí está el punto que más debería incomodar a quien vota a estos partidos por razones sinceramente patrióticas.
Mientras Vox exigía mano dura en nombre de España, Giorgia Meloni planteaba suspender a España del espacio Schengen, con el respaldo de Dinamarca y Finlandia, e Italia reintroducía durante un mes controles para determinados viajeros procedentes de territorio español. Es decir: gobiernos extranjeros proponiendo degradar el estatus de nuestro país en Europa y restringir la libertad de circulación de los españoles. Ante eso, la ultraderecha española no solo no levantó la voz: su relato es exactamente el combustible de esa presión.
No es nuevo. Abascal viajó a Israel para describir como «ilegal» al Gobierno de su propio país. Y las críticas más duras a su política exterior no vienen de la izquierda, sino de su propia trinchera mediática: Federico Jiménez Losantos, que fue uno de sus mayores valedores, lleva meses preguntándole en antena a qué país defiende exactamente —si a la Hungría de Orbán, a la Rusia de Putin o a los Estados Unidos de los aranceles— y reprochándole haber convertido el patriotismo en una sucursal.
Un movimiento que necesita que España vaya mal para tener razón no es un movimiento patriótico. Es un negocio con bandera.
Tercera contradicción: el PP no puede mirar hacia otro lado
Alberto Núñez Feijóo viajó a Ceuta y describió lo ocurrido como una «ocupación premeditada y sin precedentes», asegurando que el Gobierno lo sabía y nada hizo. No presentó pruebas de esa alerta previa.
Pero el problema del PP esos días no fue su retórica, sino su álbum de fotos. Las imágenes publicadas por El Faro de Ceuta muestran que a la llegada de Vito Quiles —a quien parte de la ciudad expulsó a gritos— le recibieron el secretario general del partido, Miguel Tellado, y el vicesecretario de Economía, Juan Bravo. No un concejal despistado: la cúpula de Génova.
De modo que el resumen de la jornada es este: a los agitadores los echó la calle y los recibió el principal partido de la oposición. Quien quiera seguir sosteniendo que existe una frontera nítida entre la derecha y la extrema derecha en España tendrá que explicar esa fotografía.
Lo que no va a pasar, y lo que sí está pasando
La fotografía completa es esta: en la plaza de los Reyes se produjo la mayor derrota simbólica de la ultraderecha española en años, y no hay ninguna fuerza política recogiendo ese capital. La calle se movió sola.
Quien prometa aquí un cambio de ciclo electoral está vendiendo humo.
Pero conviene distinguir entre el voto y el suelo.
El voto es volátil, responde al miedo y se mide cada domingo electoral. El suelo es otra cosa: es lo que una sociedad considera que no se puede hacer en su nombre. Y lo que ocurrió en la plaza de los Reyes es que ese suelo apareció, de golpe y sin que nadie lo convocara, en el punto exacto donde debía haber cedido. En la ciudad con más motivos objetivos para el pánico. Entre vecinos que llevaban una semana durmiendo mal. Con la bandera nacional como argumento a favor de la convivencia y no en contra.
Los movimientos autoritarios no se detienen porque pierdan un debate. Se detienen cuando descubren que en algún sitio hay un límite que no pueden cruzar sin quedar en ridículo. En Ceuta lo descubrieron: convocaron una reconquista y no llegaron a la plaza; llevaron la bandera y se la devolvieron; fueron a hablar en nombre de una ciudad y la ciudad les contestó.
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