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Un desequilibrado Milei llama ladrón tres veces a Lula en 24h y Brasil deja vacía su embajada en Buenos Aires

dimecres 5 d’agost de 2026, per  Redacción

Hay gobiernos que arruinan una relación de doscientos años por un cálculo geopolítico, por un conflicto fronterizo, por una guerra comercial. Y luego está Javier Milei, que la ha arruinado por incontinencia verbal en una entrevista de domingo.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil anunció el martes por la noche que su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, no regresará a su puesto, y que la relación bilateral queda rebajada al nivel de encargado de negocios. Antes, el canciller Mauro Vieira citó a Itamaraty al embajador argentino Daniel Raimondi para entregarle una protesta formal. Una portavoz de la cancillería brasileña resumió a la agencia Associated Press el detonante con una precisión casi contable: Milei había llamado ladrón a Lula tres veces desde el domingo.

Tres veces. Es la primera vez en la historia reciente que Brasil adopta una medida así con Argentina. Ni la dictadura de Videla, ni las tensiones por Itaipú, ni los peores momentos del Mercosur habían llegado hasta aquí. Ha hecho falta un economista de tertulia con banda presidencial para conseguirlo en cuestión de un fin de semana.

Un jefe de Estado con vocabulario de barra de bar

Repasemos, porque conviene fijar el nivel. En una entrevista con La Nación el domingo, el presidente de la República Argentina dedicó al presidente electo de la principal economía de América del Sur los calificativos de «ladrón» y «corrupto». El martes, ya con la crisis diplomática en marcha, redobló: dijo esperar que Brasil «también se pinte de azul» en las elecciones de octubre y celebró de antemano la conveniencia de quitarse de encima a corruptos y a zurdos. Lula, que no se ha rebajado a contestar en el mismo registro, calificó los dichos de disparates.

Que un ciudadano opine así en un plató es su derecho. Que lo haga quien firma los tratados internacionales de su país es otra cosa: es la conversión del Estado en cuenta personal de desahogo. Milei no ha cometido un desliz; ha ejecutado su único método conocido de gobierno, que consiste en producir titulares mientras la gestión se delega en quien pague. La diferencia es que esta vez la factura no la paga un funcionario despedido ni un jubilado con la receta sin cubrir: la paga la relación con el país que compra buena parte de lo que Argentina exporta.

No es un exabrupto: es una función

Sería un error leer esto como carácter. Lo que hay debajo es un encargo, y conviene nombrarlo.

El 25 de julio, Milei viajó a São Paulo para intervenir como orador principal en la convención del Partido Liberal, la del senador Flávio Bolsonaro, rival de Lula en los comicios de octubre. Un presidente extranjero haciendo campaña dentro de otro país soberano. Imaginemos por un momento la reacción de la prensa madrileña si un mandatario latinoamericano subiera a un escenario en España a pedir el voto contra el Gobierno.

Y el mismo martes en que Brasilia degradaba la relación con Buenos Aires, el Departamento de Estado norteamericano revocaba el visado de la embajadora brasileña en Washington, María Luiza Ribeiro Viotti, en represalia por la negativa brasileña a conceder visados a dos diplomáticos estadounidenses que pretendían visitar el país antes de las elecciones. Añádase el arancel del 25% que Washington ya impuso a Brasil acusando a Lula de no negociar de buena fe.

La coreografía es transparente. Mientras la Casa Blanca aprieta desde el norte con aranceles y visados, Buenos Aires ladra desde el sur con insultos. Milei no es un actor autónomo en esta escena: es el altavoz regional de una política que se decide en otro idioma. El hombre que llegó al poder prometiendo liberar a los argentinos del Estado ha terminado ejerciendo de subcontrata diplomática de una potencia extranjera contra su principal socio comercial.

Lo que cuesta el espectáculo

Aquí es donde el sainete deja de tener gracia.

Brasil es el primer socio comercial de Argentina. El Mercosur —ese bloque que costó décadas construir y al que Milei desprecia con la misma soltura con que despacha cualquier institución que no le rinda pleitesía— queda tocado justo cuando entra en vigor su acuerdo con la Unión Europea. La cancillería argentina respondió al desplante brasileño lamentando que Brasil «siga aislándose» de la región, en una pirueta retórica notable: el aislado acusa de aislamiento a quien acaba de cerrarle la puerta.

Y todo esto ocurre mientras en Argentina la motosierra sigue funcionando sobre las jubilaciones, la universidad pública y la sanidad. Es el patrón completo del proyecto: se destruye lo común en casa y se incendia lo construido fuera, y ambas cosas se presentan como valentía.

La lección para quienes aplauden aquí

Merece la pena señalarlo, porque en España hay quien lleva dos años presentando a Milei como modelo, invitándolo a foros y coreando sus frases en el Congreso.

Este es el modelo. Un país sin embajador brasileño, sin representación diplomática propia en Caracas, enfrentado con media región y disponible para cualquier recado que llegue desde Washington. La ultraderecha internacional vende soberanía y entrega vasallaje: es la constante desde Bolsonaro hasta hoy. Se envuelven en la bandera para acabar sosteniendo la de otro.

Brasil ha hecho lo que correspondía: retirar al embajador, dejar el trato en lo comercial y esperar. Lula no ha entrado al insulto, y ahí está la diferencia entre un estadista y un fenómeno de audiencia. En octubre votarán los brasileños. Milei ya ha dejado claro de qué lado está —y, sobre todo, a las órdenes de quién.

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