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Que su nombre no se borre de la Historia

dimecres 5 d’agost de 2026, per  Redacción

Aún era de noche cuando los cerrojos empezaron a sonar en la cárcel de Ventas. Las funcionarias recorrían las galerías con una lista en la mano —la saca— buscando los nombres de las condenadas. Aquella madrugada del 5 de agosto de 1939, hace hoy ochenta y siete años, en la lista había trece mujeres. Pasaron primero por la capilla, escribieron a sus familias unas últimas cartas y subieron a un camión. A las cuatro y media de la mañana, junto a la tapia del cementerio del Este de Madrid —el que hoy llamamos de La Almudena—, una descarga cortó de golpe trece vidas que apenas habían empezado.

La guerra había terminado cuatro meses antes. No había frente, ni batalla, ni excusa militar: solo la maquinaria de venganza de los vencedores funcionando a pleno rendimiento sobre una ciudad rendida. Aquel mismo día fueron fusilados junto a ellas cuarenta y tres hombres —los que la memoria recuerda como los 43 claveles—, entre los que había un niño de catorce años. Cincuenta y seis personas en una sola madrugada. Pero fueron ellas, aquellas trece jóvenes, quienes se convirtieron en símbolo de todo lo demás.

Trece nombres, trece vidas corrientes

No eran heroínas de leyenda. Eran modistas, costureras, estudiantes, obreras. Militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas que habían creído en una República que les dio escuela, trabajo y dignidad, y que, terminada la guerra, se negaron a agachar la cabeza. Casi todas rondaban los veinte años. La más joven tenía dieciocho; varias eran menores de edad según la ley de entonces. La mayor, Blanca Brisac, era pianista y tenía veintinueve.

Su delito real no fue ningún atentado, sino su ficha: haber sido «rojas» y haberse atrevido a reorganizar clandestinamente las juventudes socialistas en el Madrid ocupado. El régimen necesitaba un escarmiento ejemplar y encontró el pretexto en el asesinato del comandante de la Guardia Civil Isaac Gabaldón, de su hija y de su chófer, ocurrido a finales de julio. Muchas de ellas ya estaban detenidas antes de aquel crimen con el que nada tenían que ver. Daba igual. Un consejo de guerra sumarísimo las juzgó en masa el 3 de agosto y las declaró «responsables de un delito de adhesión a la rebelión». Ni siquiera esperaron al preceptivo «enterado» del dictador para ejecutar la sentencia. Fue, en palabras que la historia ha hecho suyas, una parodia de juicio: tan burda que ni la propia familia del comandante asesinado dio por buena la versión oficial.

Las habían encerrado en Ventas, una prisión construida para cuatrocientas cincuenta reclusas en la que se hacinaban cerca de cuatro mil. De aquel infierno cotidiano salieron aquella madrugada.

La carta de Julia

De entre las trece, una voz ha llegado hasta nosotros con una nitidez que estremece. Julia Conesa Conesa tenía diecinueve años. Antes de morir escribió a su madre una carta breve y serena en la que pedía que no la llorasen, que salía «sin llorar», que la mataban inocente y que moría como debía morir una persona honrada. La cerraba con una línea que se ha convertido en epitafio de todas ellas y en bandera de cuantos trabajan por la memoria:

«Que mi nombre no se borre en la historia.»

No se borró. El de Julia, ni el de sus doce compañeras. Aunque la dictadura lo intentó con todas sus fuerzas durante casi cuarenta años, sepultando sus tumbas bajo el silencio y el miedo.

La Rosa que llegó tarde

La crueldad de aquel expediente tuvo aún un último capítulo. Una decimocuarta mujer, Antonia Torre Yela, había sido condenada el mismo día que las otras. Una errata mecanográfica en la orden —«Antonio» donde debía decir «Antonia»— la libró por unos meses del paredón. Descubierto el error, fue fusilada en febrero de 1940. La memoria la conoce como la Rosa número catorce, y su nombre pertenece por derecho a esta misma historia.

El eco de aquellos fusilamientos acabó saltando las fronteras. En París, una de las hijas de Marie Curie impulsó una campaña de protesta que sacudió a la opinión pública francesa. Dentro de España, en cambio, cayó el telón del silencio.

Una deuda que sigue viva

Hicieron falta décadas, y una generación que ya no había vivido la guerra, para rescatar sus nombres del olvido. Llegaron los libros, llegó el cine, llegaron los homenajes que cada 5 de agosto reúnen a familiares y organizaciones ante la tapia de La Almudena para leer, uno a uno, los trece nombres en voz alta. Ese gesto —pronunciarlos— es la forma más sencilla y más justa de cumplir el último deseo de Julia.

Ochenta y siete años después, recordar a las Trece Rosas no es un ejercicio de nostalgia ni un ajuste de cuentas con el pasado. Es una cuestión de decencia democrática. Es afirmar que en un Estado de derecho ninguna joven de dieciocho años puede ser fusilada por repartir ideas, y que una sociedad que se respeta no deja a sus víctimas en cunetas ni en fosas anónimas. Mientras haya quien pronuncie sus nombres, la promesa sigue en pie.

Por eso, hoy, los repetimos:

Carmen Barrero Aguado. Martina Barroso García. Blanca Brisac Vázquez. Pilar Bueno Ibáñez. Julia Conesa Conesa. Adelina García Casillas. Elena Gil Olaya. Virtudes González García. Ana López Gallego. Joaquina López Laffite. Dionisia Manzanero Salas. Victoria Muñoz García. Luisa Rodríguez de la Fuente.

Trece rosas. Que su nombre no se borre en la historia.

Nota de la redacción

Con este reportaje, laRepública.es inaugura Memoria, una serie de especiales dedicada a rescatar los nombres, las voces y las historias que la dictadura quiso borrar. Puedes consultar el especial completo sobre las Trece Rosas en larepublica.es/memoria/especial.php?slug=13-rosas y seguir la serie en larepublica.es/memoria . El próximo especial estará dedicado a Federico García Lorca.

La entrada Que su nombre no se borre de la Historia aparece primero en LaRepublica.es .


Veure en línia : https://larepublica.es/2026/08/05/q...

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