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EEUU se queda sin misiles interceptores e Irán lo deja negociando consigo mismo
dimecres 5 d’agost de 2026, per
Hay una cifra que explica el brusco enamoramiento de la Casa Blanca con la palabra «acuerdo» mucho mejor que todos los comunicados del Departamento de Estado juntos: el Ejército de Estados Unidos ha consumido cerca del 80% de sus principales misiles interceptores desde que arrancó la ofensiva contra Irán, según confirmó este martes la CNN. Ochenta por ciento. La primera potencia militar del planeta, la que iba a resolver esto en dos o tres semanas —lo dijo Trump el 31 de marzo—, lleva medio año quemando arsenal sobre ciudades persas y ha terminado mirando el almacén vacío.
Que nadie se confunda con el relato que llegará envuelto en papel de regalo humanitario. Cuando el presidente estadounidense anunció el pasado fin de semana que cancelaba un ataque ya planeado, no invocó a los niños de Minab ni a los hospitales de Bushehr. Invocó a Arabia Saudí, a los Emiratos y a Qatar. Es decir: a los socios comerciales. Las agencias iraníes, citando informes de la propia prensa occidental, señalaron sin rodeos que la escasez de munición antiaérea fue uno de los factores decisivos de esa marcha atrás. La diplomacia, aquí, no es una convicción. Es una avería logística.
La contabilidad que no aparece en los titulares
Mientras en Washington se debate si el «acuerdo sobre Ormuz» llega el martes o el miércoles, conviene recordar qué hay debajo de esa mesa de negociación.
UNICEF denunció la semana pasada, al cumplirse cinco meses de la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel iniciada el 28 de febrero, que más de 2.500 niños iraníes han muerto o resultado heridos —en sus casas, en sus escuelas, en sus barrios—. Un análisis de The New York Times cifra en torno a 1.700 los civiles muertos por los bombardeos estadounidenses. Del otro lado del marcador, al menos 18 militares norteamericanos han perdido la vida y el Pentágono calcula un coste de 37.500 millones de dólares.
Ahí está toda la asimetría moral del asunto, en dos columnas de números. Una guerra que empezó decapitando literalmente al Estado iraní —el ayatolá Jamenei fue asesinado en la primera oleada de ataques, tras casi cuatro décadas en el poder— y que ahora se pretende cerrar con un apretón de manos y un titular de «paz inminente», como si los escombros se recogiesen solos.
Y no es una figura retórica lo de la decapitación. «Quiero darles una última oportunidad antes de la decapitación», declaró Trump el lunes a los periodistas, exigiendo un pacto sobre Ormuz para el día siguiente. Un jefe de Estado amenazando en rueda de prensa con descabezar a otro país, y la prensa occidental tomando nota como quien apunta el parte meteorológico.
Ormuz: el barril por encima del cadáver
Lo que de verdad se negocia estos días no es la vida de nadie. Es el crudo.
Antes de la guerra pasaban unos 20 millones de barriles diarios por el estrecho de Ormuz, en torno al 20% del suministro mundial. Hoy los analistas marítimos calculan que el tráfico se ha desplomado a entre 3 y 5 millones. El propio consejero delegado de Saudi Aramco advirtió el martes de que, aunque el estrecho reabriese esta misma tarde, reponer los inventarios podría llevar hasta 18 meses.
Basta ver la coreografía del mercado para entender las prioridades. El secretario del Tesoro estadounidense insinúa el martes en televisión que el pacto puede cerrarse «hoy o mañana» y el Brent se desploma más de un 5%, por debajo de los 80 dólares por primera vez desde el 13 de julio. Es el único indicador que en Washington se consulta cada mañana con verdadera angustia. Trump, que ha llegado a reprochar públicamente a las petroleras que estén ganando «demasiado dinero» con la guerra que él mismo empezó, sabe perfectamente que el precio de la gasolina pesa más en unas elecciones que 2.500 niños a 5.000 kilómetros.
Teherán, por su parte, niega estar negociando bilateralmente con Estados Unidos y sostiene que sus conversaciones son con Omán, sobre una ruta segura para la navegación. El ministro de Exteriores, Abás Araqchí, las describió el domingo como encaminadas a su cierre. La respuesta de Trump, apenas 24 horas después de su optimismo, fue llamar taimado al liderazgo iraní en su red social. Cinco meses de esto: amenaza, ultimátum, prórroga, amenaza.
España, la incómoda excepción
Y en medio de este bochorno, una nota que este periódico reivindica sin complejos: España dijo que no.
El Gobierno denegó desde el primer día el uso de las bases de Rota y Morón para la ofensiva y cerró el espacio aéreo a los vuelos vinculados a la operación, calificando la guerra de ilegal ante el Congreso. Le costó amenazas de sanciones comerciales desde la Casa Blanca. Aguantó.
Pero seamos rigurosos, porque la autocomplacencia es el mejor anestésico del atlantismo: las bases siguen funcionando. La propia ministra de Defensa reconoció ante la Comisión Mixta de Seguridad Nacional que mantienen su papel logístico habitual, con la limitación de no apoyar la guerra de Irán. Rota y Morón continúan siendo nodos de despliegue para unos 80.000 efectivos estadounidenses en Europa. El «no a la guerra» que se coreó en 2003 sigue siendo, en 2026, un no con asteriscos.
Ahí está la asignatura pendiente. Un país verdaderamente soberano no negocia caso por caso qué guerras se lanzan desde su territorio: decide si quiere seguir alojando en su suelo el brazo armado de una potencia extranjera que se otorga a sí misma el derecho a decapitar gobiernos. Mientras eso no se discuta, la política exterior española será una gestión decorosa de una tutela heredada.
El día después
Puede que esta semana haya acuerdo sobre Ormuz. Puede que el petróleo baje, que los mercados respiren y que alguien reclame un Nobel. Nada de eso devolverá a los 1.700 civiles, ni reconstruirá los hospitales, ni desactivará la bomba social de un país sometido a bombardeos externos y a una represión interna feroz —recordemos los miles de muertos y las decenas de miles de detenidos en las protestas de este último invierno, que ningún antiimperialismo serio puede maquillar—.
La lección de estos cinco meses es más incómoda que cualquier eslogan: el imperio no se detuvo porque alguien le convenciera de que estaba mal. Se detuvo cuando se le acabaron los interceptores y le empezó a doler el barril. Quien confíe en la conciencia de las grandes potencias para evitar la próxima guerra, que vaya tomando nota del inventario.
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