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Ceuta no es (solo) una crisis migratoria: las piezas geopolíticas que nadie está explicando

dijous 30 de juliol de 2026, per  Redacción

En poco más de una semana, alrededor de 1.500 personas han entrado a nado en Ceuta y miles más han intentado saltar la valla de Castillejos. La mayoría son jóvenes marroquíes. La coincidencia con la Fiesta del Trono, el deshielo entre España y Argelia y la alianza militar entre Marruecos e Israel dibujan un tablero mucho más complejo que el que ofrecen los titulares.

Ceuta vive esta semana su mayor presión migratoria desde 2021. Según datos recogidos por distintos medios, cerca de 1.500 personas —en su mayoría jóvenes marroquíes, seguidos de argelinos y con una presencia casi testimonial de subsaharianos— han logrado entrar a nado en la ciudad autónoma en los últimos días. Este jueves, además, miles de jóvenes se concentraron en el lado marroquí de la frontera de Castillejos, y varios cientos llegaron a saltar la valla sin apenas oposición de los agentes marroquíes desplegados, que se retiraron a su paso.

La imagen coincide con la celebración de la Fiesta del Trono, el aniversario de la entronización de Mohamed VI, en la que el rey volvió a presentar la estabilidad del país como una fortaleza. Mientras tanto, cientos de sus súbditos —muchos de ellos menores— se lanzaban al mar para escapar de ese mismo país. En Marruecos, periodistas locales han señalado que el fenómeno no llega de forma espontánea, sino que se organiza a través de grupos cerrados de mensajería donde se coordinan fechas y puntos de encuentro.

El Gobierno español, por su parte, se ha movido con cautela. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, viaja este viernes a Ceuta, pero Moncloa ha descartado declarar la emergencia nacional que reclama el presidente ceutí, Juan Jesús Vivas (PP), al considerar que la normativa de protección civil no contempla los flujos migratorios como supuesto habilitante. Podemos ha pedido explicaciones y la dimisión de Marlaska; el PP y Vox han aprovechado para cargar contra la gestión del Ejecutivo.

Un patrón que ya conocemos

Lo ocurrido esta semana no es nuevo. En mayo de 2021, entre 6.000 y 9.500 personas cruzaron a Ceuta en pocos días después de que Marruecos relajara deliberadamente sus controles fronterizos. Aquello sucedió justo cuando España había acogido por razones médicas al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, en un hospital de Logroño. El propio Marruecos terminó vinculando esa crisis a la postura española sobre el Sáhara Occidental, y el Gobierno de entonces habló abiertamente de «chantaje».

Ese precedente es clave para entender por qué agentes españoles desplegados en la zona sospechan ahora de una posible instrumentalización política, más allá de que la causa última y real de estos éxodos sea la falta de oportunidades y la desesperación de una parte de la juventud marroquí. Ambas cosas no son excluyentes: puede haber, a la vez, un drama social genuino y un uso interesado de ese drama por parte de un Estado que controla sus fronteras cuando quiere.

No hay, por ahora, ninguna prueba pública de que Rabat haya ordenado relajar los controles esta vez, y el propio Gobierno español mantiene que existe cooperación con las autoridades marroquíes. La pregunta sobre una posible relajación deliberada de la vigilancia no nace de un prejuicio antimarroquí, sino de la experiencia reciente.

Por qué esto no va (solo) de Ceuta

Aquí es donde el análisis tiene que salir del titular local y mirar el tablero regional, porque en los últimos meses se han movido varias piezas que rara vez se cruzan en la misma noticia.

Marruecos, Israel y Estados Unidos. Desde los Acuerdos de Abraham de 2020, Marruecos normalizó relaciones con Israel a cambio de que Washington reconociera la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, territorio ocupado cuya descolonización nunca se ha completado. Esa alianza no ha dejado de profundizarse: en enero de 2026, Rabat y Tel Aviv firmaron un plan de trabajo militar conjunto para el año, y en febrero Washington y Marruecos suscribieron un memorando para la exploración de minerales críticos en el Sáhara. Para Estados Unidos, Marruecos es hoy una pieza central para contener la influencia rusa y china en el Magreb y para gestionar la inestabilidad del Sahel tras los cambios politicos en Malí, Níger y Burkina Faso. Esta alianza convierte a Rabat en un socio con el que Washington —y, por extensión, Israel— tienen mucho interés en que a España no le tiemble el pulso en política exterior.

España y Argelia se reconcilian, con gas de por medio. El 20 de julio, apenas diez días antes de esta crisis, Pedro Sánchez viajó a Argel y cerró con el presidente Abdelmayid Tebboune un acuerdo político para aumentar el suministro de gas argelino a España, además de fijar una cumbre bilateral para octubre. Ese acercamiento pone fin, de facto, a la crisis diplomática abierta en 2022 cuando España respaldó el plan marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental, un giro que en su momento le costó a Madrid represalias comerciales y energéticas por parte de Argelia, el principal proveedor de gas del país. El deshielo llega, además, en un contexto de tensión energética global por el bloqueo del estrecho de Ormuz y la guerra en Oriente Medio, lo que hace aún más valioso para España diversificar y reforzar su relación con Argel.

Argelia y Marruecos, rivales desde hace décadas. La rivalidad entre ambos países —cerrada la frontera terrestre desde 1994, sin relaciones diplomáticas plenas desde 2021— gira en gran medida en torno al Sáhara Occidental, donde Argel respalda al Frente Polisario frente a la soberanía marroquí. Cualquier gesto español hacia Argelia, especialmente uno que toque el gas —el arma que ya usó Argel en 2021 para presionar a España tras el giro sobre el Sáhara—, es leído en Rabat como una señal que conviene contrarrestar.

La hipótesis que hay que manejar con cuidado

Con estos elementos sobre la mesa, es razonable preguntarse si la coincidencia temporal —el deshielo hispano-argelino de julio y la avalancha migratoria de finales de julio— es solo eso, una coincidencia, o si responde a un intento de Rabat de recordarle a Madrid quién controla el grifo de la frontera justo cuando España estrecha lazos con su rival regional. Es una hipótesis razonable a la luz del precedente de 2021, pero sigue siendo una hipótesis: no hay, de momento, declaraciones oficiales ni evidencia documentada que la confirme, y conviene no presentarla como un hecho probado.

Lo que sí es un hecho es que Marruecos ha demostrado en el pasado su disposición a usar el control fronterizo como herramienta de presión diplomática, que hoy cuenta con un respaldo internacional —de Washington y de Israel— que refuerza su posición negociadora frente a España, y que Madrid ha elegido este verano estrechar lazos con el gran rival regional de Rabat. Tres hechos verificables que, juntos, explican por qué esta crisis no puede leerse solo como un problema de control de fronteras.

Lo que no hay que perder de vista

Nada de este análisis debería servir para deshumanizar a quienes cruzan el Estrecho a nado, muchos de ellos menores. Son, sobre todo, víctimas de una desesperación real: la brecha entre el relato oficial de progreso económico que ofrece la monarquía alauita y las oportunidades reales que tiene buena parte de la juventud marroquí. Reducir lo que ocurre en Ceuta a una «invasión» o a un problema de orden público, como plantean PP y Vox, no solo es impreciso: oculta la dimensión geopolítica que explica por qué estas entradas masivas se repiten con una coreografía tan similar cada vez que hay tensión diplomática, y borra la responsabilidad de un Estado —Marruecos— que gestiona sus fronteras con mucha eficacia cuando le conviene.

Entender Ceuta exige sostener dos ideas a la vez, sin que ninguna anule a la otra: hay un drama humano real, de jóvenes que arriesgan la vida por falta de futuro, y hay un uso político de ese drama por parte de un régimen que sabe exactamente cuándo abrir y cerrar la puerta.

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