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A oscuras, pero de pie: Cuba conmemora el 26 de Julio bajo el cerco energético de Washington
diumenge 26 de juliol de 2026, per
El 26 de julio de 1953, un grupo de poco más de un centenar de jóvenes encabezados por Fidel Castro asaltó el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, y el Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. Militarmente fue un fracaso. Políticamente encendió la mecha que seis años después derribaría a la dictadura de Fulgencio Batista y abriría el proceso revolucionario más longevo y más asediado del hemisferio occidental.
Setenta y tres años después, en el Año del Centenario del Comandante en Jefe, la conmemoración vuelve a producirse en circunstancias que se parecen menos a un aniversario que a una prueba de resistencia. Pinar del Río, la provincia elegida por cuarta vez en la historia como sede del acto central —lo fue antes en 1976, en 2000 y en 2017—, acogió una celebración organizada, literalmente, entre apagones.
Siete meses sin combustible
El dato es tan simple que resulta difícil de asimilar: en lo que va de 2026, un solo buque petrolero ha logrado descargar crudo en Cuba. El Anatoly Kolodkin, de bandera rusa, atracó en Matanzas el 31 de marzo con unos 730.000 barriles. Fue la primera entrega en tres meses y, hasta hoy, la única. Un segundo carguero ruso, el Universal, con cerca de un cuarto de millón de barriles de diésel destinados a la isla, estuvo semanas a la deriva en el Atlántico antes de virar y alejarse con destino «sin confirmar».
El origen de esa asfixia no es un misterio ni un accidente logístico. El 29 de enero, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que califica a Cuba de «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad de Estados Unidos, y amenazó con imponer aranceles a cualquier país que venda o suministre petróleo a la isla. La amenaza funcionó. Venezuela, principal proveedor histórico, había dejado de enviar crudo tras la operación militar estadounidense en Caracas y la detención de Nicolás Maduro a comienzos de enero. México suspendió sus embarques poco después. Y el 17 de mayo, tras una nueva orden ejecutiva firmada el día 1 de ese mes, las navieras CMA CGM y Hapag-Lloyd anunciaron la suspensión de sus servicios a Cuba «hasta nuevo aviso».
Un país que produce internamente unos 40.000 barriles diarios y necesita 110.000 quedó, de un plumazo administrativo firmado a 400 kilómetros de La Habana, sin acceso al mercado mundial de la energía.
El precio se paga en quirófanos
Las consecuencias no son abstractas. Cuba ha sufrido cuatro caídas totales del Sistema Eléctrico Nacional en 2026, tres de ellas en apenas diez días de julio. El 8 de julio se registró el mayor déficit de generación de la historia del país: 2.341 megavatios, con cerca del 73 % del territorio a oscuras de manera simultánea. Ciento seis centrales de generación distribuida —890 MW— permanecen paradas sencillamente porque no hay diésel que echarles. El apagón más largo del ciclo, el del 16 de marzo, duró veintinueve horas y media.
Detrás de esas cifras hay decenas de miles de cirugías canceladas, un transporte público prácticamente detenido, cadenas de frío rotas, bombeo de agua interrumpido, cosechas que no se recogen porque no hay combustible para sacarlas del campo. La Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas ha advertido que la escasez ha comprometido el suministro alimentario y el funcionamiento de hospitales y sistemas de agua, y que incluso ha entorpecido la labor humanitaria del Programa Mundial de Alimentos tras el paso del huracán Melissa. El Alto Comisionado Volker Türk ha calificado de «inaceptable» el impacto humano de las sanciones. Un informe recogido por Los Angeles Times vincula las medidas coercitivas con el repunte de la mortalidad infantil en la isla.
El canciller Bruno Rodríguez lo formuló sin eufemismos ante la prensa en La Habana: Cuba no es una amenaza, dijo; el bloqueo sí lo es, y constituye «un crimen de lesa humanidad» en curso. El 30 de junio, el Gobierno cubano presentó una solicitud formal a Naciones Unidas para que la Asamblea General aborde la campaña de «máxima presión» de Washington.
La amenaza militar sobre la mesa
Al cerco económico se ha sumado, en los últimos meses, un lenguaje que hacía décadas que no se escuchaba con tanta crudeza. Trump ha afirmado que Estados Unidos tomará el control de Cuba «casi de inmediato» y, en junio, aseguró que su Administración se ocuparía de la isla en cuanto terminase con Irán. Desde enero, su Gobierno ha impuesto más de 240 sanciones, incluidas medidas personales contra el propio presidente Miguel Díaz-Canel y su entorno familiar, anunciadas el 4 de junio. El portaaviones USS Nimitz fue desplegado en el Caribe el 20 de mayo en el marco de la operación Southern Seas 2026.
La respuesta de La Habana ha sido inequívoca. «Ningún agresor encontrará rendición» en la isla, ha repetido Díaz-Canel. Rodríguez advirtió que cualquier amenaza debe tomarse en serio y que una agresión militar contra Cuba tendría un costo que Washington no ha calculado.
Los que vinieron a acompañar
La víspera del acto central, Pinar del Río acogió un Encuentro de Solidaridad con delegaciones llegadas de Estados Unidos, España, Australia y varios países africanos: IFCO/Pastores por la Paz, la Asociación Cultural José Martí, Carlota’s Warriors, Marcapasos Vida. «Estar hoy en Cuba es un acto de valentía», les dijo el presidente cubano. José López, al frente de la Asociación Cultural José Martí, resumió el compromiso de los suyos en cinco palabras: «Seguiremos aquí, firmes junto al pueblo cubano».
Esa misma noche, en el teatro José Jacinto Milanés —el más antiguo de la ciudad, recién restaurado—, una gala titulada Voces del pueblo, con elenco íntegramente pinareño, rindió homenaje a la gesta del 53 con música, danza y poesía. Sin generadores de sobra, sin garantías de que la luz aguantara hasta el final.
Lo que se conmemora
Conviene recordar qué se celebra exactamente cada 26 de julio. No una victoria militar, sino la decisión de no aceptar lo inaceptable. Aquellos jóvenes de 1953 sabían que las probabilidades estaban en su contra; asaltaron el cuartel de todos modos. Es esa misma lógica —la de un país pequeño que se niega a que su destino lo escriban otros— la que Washington lleva más de seis décadas intentando quebrar con un embargo que la Asamblea General de la ONU condena año tras año por abrumadora mayoría, y que ahora, con el corte energético, ha alcanzado su expresión más brutal.
Se puede apagar la luz de una isla entera. Es más difícil apagar la razón por la que sus habitantes salieron hoy a una plaza sin aire acondicionado, sin transporte y con el estómago apretado, a decir que siguen ahí. Pinar del Río lo hizo. Y en eso, exactamente en eso, consiste el 26 de Julio.
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