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Sudán: la generación perdida y las pruebas de genocidio que la UE ya no puede ignorar
dissabte 11 de juliol de 2026, per
Más de dos años de guerra civil han dejado a Sudán al borde del colapso. Mientras la capital, Jartum, comienza a ver el regreso de algunos civiles, la recuperación sigue siendo un espejismo para millones de desplazados. Entre ellos, los estudiantes que huyeron del conflicto se describen a sí mismos como la ‘generación perdida’, una etiqueta que condensa la magnitud de una catástrofe que la comunidad internacional observa con creciente alarma.
El 11 de julio de 2026, una investigación de la ONU reveló nuevas pruebas de genocidio en el país, según reportó Al Jazeera. Aunque el informe completo no se ha hecho público, las evidencias apuntan a una violencia sistemática contra la población civil, especialmente en la región de Darfur y en la ciudad de El-Obeid, donde los ataques contra civiles han sido denunciados por la Unión Europea. Al día siguiente, el 10 de julio, la UE emitió una advertencia explícita: habrá consecuencias para quienes ataquen a la población civil en El-Obeid, sin especificar aún qué medidas concretas se adoptarían.
El conflicto enfrenta a las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF) con las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), un grupo surgido de la milicia yanyauid que ya fue acusado de crímenes de guerra en Darfur en la década de 2000. La guerra estalló en abril de 2023, cuando las tensiones por la integración de las RSF en el ejército regular derivaron en combates abiertos. Desde entonces, más de 8 millones de personas han sido desplazadas, según la ONU, y la infraestructura del país ha quedado devastada.
Los estudiantes sudaneses en el exilio son una de las caras más visibles de esta crisis. En declaraciones a Al Jazeera, varios de ellos relataron cómo la guerra truncó sus carreras, sus proyectos y, en muchos casos, sus familias. “Somos la generación perdida”, dijeron, reflejando la incertidumbre de una juventud que no sabe si podrá regresar ni qué encontrará si lo hace. El sistema educativo, ya frágil antes del conflicto, se ha derrumbado: universidades bombardeadas, profesores asesinados o desplazados, y una generación entera sin acceso a formación superior.
La crisis humanitaria es de primer orden. La ONU ha documentado hambrunas localizadas, ataques contra hospitales y escuelas, y un uso generalizado de la violencia sexual como arma de guerra. Las nuevas pruebas de genocidio, si se confirman, situarían a Sudán en un escenario comparable al de Ruanda en 1994, aunque con una diferencia clave: la comunidad internacional, esta vez, parece estar moviéndose con más rapidez, al menos en el plano diplomático.
La advertencia de la UE y la investigación de la ONU indican una posible intervención internacional, aunque su forma y alcance son aún inciertos. España, como miembro de la UE, podría verse implicada en respuestas diplomáticas o de ayuda humanitaria, pero no hay hasta ahora ningún anuncio concreto de sanciones, envío de tropas o mediación directa. La UE ha sido cautelosa: habla de “consecuencias”, pero no especifica si serán económicas, políticas o militares.
En el terreno, la correlación de fuerzas sigue siendo incierta. Las SAF controlan Jartum y el este del país, mientras que las RSF dominan amplias zonas de Darfur y Kordofán. Ambos bandos han sido acusados de crímenes de guerra, aunque la mayoría de las denuncias internacionales se centran en las RSF, herederas de la violencia étnica que ya marcó Darfur. La comunidad internacional, liderada por Estados Unidos y la UE, ha impuesto sanciones selectivas contra líderes de ambas facciones, pero sin lograr un alto el fuego duradero.
El regreso de civiles a Jartum, aunque limitado, sugiere que algunos sudaneses están dispuestos a arriesgarse a volver a sus hogares, a pesar de la inseguridad y la falta de servicios básicos. Pero para la mayoría de los desplazados, especialmente los estudiantes, el exilio se ha convertido en una realidad sin fecha de caducidad. La pregunta que queda abierta es si la comunidad internacional actuará con la contundencia que la situación exige o si, como en otras crisis africanas, las advertencias se quedarán en palabras.
Foto: Randy Fath en Unsplash
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